Cada noche, como de costumbre, un vacío devastador se apoderaba de su mente y de su cuerpo. Sentía que la angustia y ansiedad poco a poco iban corrompiendo su alma. Se sentía muerta por dentro. Estaba acostumbrada a llorar en silencio cada noche, ahogando las penas bajo su almohada. Las lágrimas recorrían su rostro como frías aguas cristalinas. Quería desaparecer, desaparecer y olvidarse de todo su entorno. Quería deshacerse de toda esa carga pesada y dañina que llevaba a sus espaldas. Anhelaba sentirse viva de nuevo. Quería marcharse de ese mundo hostil y frívolo. Ansiaba la ataraxia, la abulia, el estado de imperturbabilidad absoluta. Alcanzaba un pequeño y transitorio éxtasis cada vez que las cuchillas abrían su piel y la sangre emanaba. Sentía que aún había un ápice de esperanza en su mísera vida. Sabía de sobra que esa no era la solución, pero al menos la calmaba temporalmente hasta que encontrara una. Pero ese momento nunca llegaba. Sus brazos y sus piernas eran fieles testigos de sus frustraciones e intentos fallidos de canalizar estas. Fieles testigos marcados para siempre...
No hay comentarios:
Publicar un comentario